No todo es lo que parece...
Nadie podía acercársele. El miedo a ser rechazados parecía a simple vista más fuerte que la ambición de revolcarse con ella en algún telo de mala muerte cerca de la ciudad. A simple vista.
La noche avanzaba, y como todos los tucumanos saben, a las tres de la madrugada ya es momento de actuar si se pretende salir de un boliche con alguien colgado de su brazo, o al revés. Sin embargo ella había desaparecido, se había filtrado de la vista de todos esos cuervos que no hacían más que radiografiar cada movimiento y esperar el momento justo para atacar.
Una manada de hombres colmados de hormonas comenzaron a mostrar su desesperación, tirando vasos, abriéndose entre la gente, dejando solas a las mujeres que los habían acompañado esa noche (pero con las que no querían terminarla), buscando en los cubículos de esos horrendos baños de damas, en los pasillos, escaleras. Nada.
Solo había un lugar que había quedado virgen de la exhaustiva búsqueda: el baño de hombres.
Ninguno había reparado de esa posibilidad, tal vez por la rareza de encontrar a una mujer tan bella en ese sucio terreno, o tal vez por el miedo de hallarla consumando algún favor sexual con un maldito afortunado.
Pero al llegar a la zona, al encontrarse todos esos hombres hambrientos en la puerta de aquel lugar que emanaba olores nauseabundos, al tropezar tras la desesperación de poder entrar primeros, se dieron con que ninguna de las opciones anteriores era correcta.
Se quedaron absortos, paralizados entre esas indecorosas paredes, pasmados por lo que sus miradas recorrían. De repente la música calló, por lo menos para ellos. De repente toda la gente había desaparecido, todo el edificio, todas las ganas y deseos de tener sexo desenfrenado, de mezclar sus salivas, de recorrer ese cuerpo. Todo se había esfumado.
Menos ellos, menos su desconcierto, menos ella. Ella, que parada ante un mingitorio le mostraba al mundo que escondía una sorpresa.
